Contrariamente a lo que había pensado clavar el cuchillo en el estómago de Pablo fue fácil, como pinchar un globo. Pero sin ruido, sin esa alegría tan característica que siente uno cuando se es intencionalmente destructivo. En algún punto hasta me sentí decepcionado. Yo esperaba la sangre brotando roja y furiosa manchándome la cara y la camisa. Pero no. Debería haberlo sabido. Todo lo relacionado con el dolor nunca se rige por las reglas del espectáculo. Pablo retrocedió ahorrándome el problema de pensar si debía dejar el metal clavado en la carne o sacarlo. Más que caer lo vi desmoronarse como a esos viejos edificios que hacen explotar de manera tal que sus paredes caen dentro de su propio perímetro. Yo por mi parte sentía estar respirando agua.
Quien hubiera pensado que el final de Pablo iba a ser así. Él era lo que se dice un tipo con suerte. Todo lo bueno le pasó a Pablo: la buena familia, un buen trabajo, Mariana. Y todo con el menor de los esfuerzos, todo al alcance de la mano. No era raro escuchar además lo buen tipo que era Pablo. Siempre con la palabra justa o el oído dispuesto sumado a un raro olfato para la desgracia, que siempre era ajena. Tenía la costumbre de poner en tu mano justo aquello que necesitabas un par de segundos antes de que tuvieras el coraje de pedírselo. Ese mismo día cuando me abrió la puerta vi esa sonrisa amable y comprensiva de aquel que sabe que venís a llorar desgracia o a pedir plata. Intuía, y por una vez se equivocaba, que yo una vez más había tocado fondo.
Lo que no tengo para nada claro es como Mauricio se animó a pedirme semejante cosa así como tampoco entiendo como yo fui capaz de decir tan rápido que sí. Si en ese momento me hubieran preguntado hubiera dicho, no sin cierta vergüenza, que lo hacía por la plata. Y la vergüenza estaba, no tanto en el descubrimiento de mi capacidad de hacer cosas aberrantes sino en el hecho de no poder conseguir un trabajo como la gente. No indagué demasiado tampoco en las razones de Mauricio. De mis especulaciones posibles la única que estaba enteramente descartada era la envidia. A Mauricio le iba casi tan bien como a Pablo. Lo demostraba el fangote de guita que me estaba pagando. En el fondo creo que tampoco quiero saber. Tengo un poco de miedo de escuchar alguna razón estúpida, sin mucho fundamento, lo cual haría que todo esto se convierta definitivamente en una locura.
La tensión inicial de mi cuerpo se fue disipando. Mi mano se aflojó y solté el cuchillo que rebotó dos veces contra el piso. El trabajo estaba casi terminado. Solo faltaba esperar que dejase de respirar de una buena vez. En sus ojos no había nada parecido a la desesperación, sino más bien todo lo contrario. En un momento hasta pensé que su intención era lograr que yo me calmara. Como si Pablo no pudiera dejar de ser Pablo aún en un momento como este.
Cuando Mauricio entró me palmeó la espalda. Había en él cierta sorpresa, la pequeña y fugaz alegría del maestro que descubre un desempeño sobresaliente en el alumno mediocre. Sonrió y me dijo que ya me podía ir. Cuando cerraba la puerta vi a Mauricio tal como lo iba a encontrar la policía un rato más tarde. Con el cuchillo en la mano arrodillado junto al ahora sí inmóvil cuerpo de Pablo.
El autor material
Julio 15, 2009 por EL PERROSin título I
Julio 7, 2009 por EL PERROEntró al departamento, se desnudó, fue hacia el baño pero sólo se lavó las manos con agua caliente. Se las frotó con urgencia pero cuando se las acercó a la cara comprobó con desagrado que el olor del hospital, aséptico y penetrante, todavía estaba ahí. Durante un rato estuvo viendo el agua que daba vueltas antes de desaparecer. Para no tener que abrir el placar se puso la misma camisa, traje y corbata que había usado ayer. Llamó al ascensor pero le pareció que tardaba demasiado. Cuando bajó el primer escalón escuchó las puertas de metal que se abrían. Se quedó quieto con un pie en el aire hasta que sintió que las puertas se cerraban nuevamente. Entonces siguió bajando. Al llegar a planta baja simuló estar peleando con el último botón para no tener que hablar con el portero. Se tomó un taxi y decidió no responder el comentario sobre el tiempo que le hizo el par de ojos del espejo retrovisor. El taxista resopló y para dejar en claro que no había sido derrotado subió el volumen de la radio. Lo primero que hizo cuando llegó fue decirle a Verónica que no le pasara ningún llamado y que por favor no le preguntara cómo estaba. Entró a su oficina, cerró la puerta y sacó la foto del portarretratos que tenía sobre el escritorio. Inspeccionó con la mirada la superficie negra y lustrosa. Tanteó por encima de algunos papeles. Llamó a Verónica y le pidió por favor que venga con una tijera. Cuando ella entró le vio en la cara la pregunta que le había pedido que no hiciera. Le dijo gracias y que no necesitaba nada más. Escuchó la puerta cerrarse. Tomo la foto y vio como el rostro de Valentina se desintegraba en tiras finas que eran tragadas por el cesto. Soltó la última de entre sus dedos que después de un par de vueltas en el aire quedó arqueada sobre la alfombra. Decidió salir. Cuando abrió la puerta todos lo miraron. Todos tenían la misma cara de circunstancia que había visto en el médico esa madrugada. Se los imaginó a todos diciendo al unísono que habían hecho todo lo posible. Le avisó a Verónica que salía a comer y escuchó: su mamá llamó de nuevo. Cruzó la calle corriendo porque el semáforo estaba a punto de cambiar. Se metió en el lugar de siempre. Buscó una mesa cerca de la ventana. Cuando se sentó el mozo se acercó y le recitó los platos del día. El lomito está muy bien terminó diciendo. Mientras esperaba vio a través del vidrio en la esquina a un hombre que hablaba solo y señalaba hacia arriba. Desde el momento que le trajeron el plato hasta que terminó no levantó nunca la mirada. Sólo cuando tomó el último trago de vino que quedaba sus ojos vieron atrás de la panera el respaldo de una silla vacía. Buscó su billetera al mismo tiempo que se levantaba. Dejó un billete de cien y mientras salía alcanzó a escuchar que el mozo preguntaba: ¿todo bien señor? Al salir a la calle reconoció el principio del verano. A su izquierda, a lo lejos, la plaza. Empezó a caminar y una cuadra antes de llegar se metió en una puerta negra. Una escalera de metal lo hizo descender. Un olor a noche gastada le inundó la nariz. Se sentó al mismo momento que el único hombre que estaba se paraba y se iba. Una mujer bailaba sola en un pequeño escenario en el fondo. Le trajeron un whisky que no pidió al mismo tiempo que una morocha de sonrisa eterna se sentaba a su lado. La blancura de los dientes era atemorizante. La morocha empezó a hablar cuando pidió otro whisky. Se reía de lo que ella misma decía. No era molesta. Al contrario, tenía cierta frescura que contrastaba con las plantas de plástico y la oscuridad violeta que los rodeaba. La morocha se paró y le ofreció la mano. Era más alta de lo que se había imaginado. Cuando tomó la mano recordó a la mano inerte que había soltado por última vez hoy a la mañana. El sexo fue decepcionante. Toda la confianza y calidez que lo habían seducido había cedido paso a una sumisión impostada. Exactamente al revés de lo que le había pasado con Valentina. Le dio un billete de cien a la morocha. Quería irse rápido. Subió la escalera y el ruido metálico de sus pasos resonó en sus oídos. Volvió a la oficina. Entró directamente al baño. Se metió en uno de los cubículos y de pie, apoyando una mano en la pared se masturbó. Necesitaba acabar. Se imaginó a la morocha sentada a su lado hablando y sonriendo. Sentía la transpiración bajando por su espalda. Tomo conciencia de que su vida sexual solo pasaba del cuello para arriba y se concretaba en una mano pegajosa. Valentina había sido capaz de calentarlo eligiendo el gusto de las empanadas. Pero estos últimos meses hasta la cama misma se había transformado en un recipiente, en un altar que sostenía un cuerpo que ya no vibraba. Y en esas circunstancias el sexo era un perro inquieto dando vueltas alrededor de un jarrón de vidrio. Mientras se lavaba las manos decidió que ya era suficiente por hoy. No consideró necesario avisar. Estaba seguro que nadie le diría nada. Sabía que en la cabeza de los otros él estaba parado en el medio de un infierno y decidió que eso jugaría a su favor por el resto de la semana. Volvió al departamento. Al llegar el portero se le plantó enfrente y le pregunto cómo estaba Valentina. La primera palabra que se le vino a la mente se le quedó cruzada en la garganta pero no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Respondió con un gesto vago. Subió los tres pisos por la escalera. Ni bien cerró la puerta se sacó toda la ropa excepto la camisa y el calzoncillo. Descolgó los dos cuadros que había pintado Valentina. Fue hasta la cocina y volvió con el basurero. Tiró adentro todos los recuerdos de viajes hechos de este y del otro lado del océano. Sacó de la biblioteca los pocos libros que no eran suyos: dos de autoayuda, una guía de cafés de Buenos Aires y el que había sido su último regalo, Rayuela. Valentina repetía cada vez que podía con una actitud parecida al orgullo que nunca había podido pasar de la tercera página. Recordaba haberle escrito una dedicatoria relacionada a los años que pasan y la madurez del vino. Pero no tuvo el coraje de abrir el libro para volver a leerla. Dejó caer el fósforo encendido, que se perdió entre madera tallada, vidrios de color, cuero repujado y cubiertas plastificadas. Un instante después una llama alta dominó el centro de la habitación. El tacho se convertía en una masa deforme que se escurría por el piso. Un humo negro y espeso lo obligó a cerrar los ojos. El teléfono sonó. Adivinó quien era. No contestó. Cuando volvió a abrir los ojos las llama ya no estaba, solo algunos pequeños pedazos de papel encendido flotaban en el aire. Tenía la sensación de estar haciendo aquello que siempre había querido pero ahora tenía el amparo de decir que era lo único que podía hacer. Fue hasta el dormitorio y abrió el placar. No le prestó atención su propia imagen en el espejo interno de la puerta. Se quedó mirando largo rato para luego empezar a sacar vestidos, blusas, camisas, pantalones, polleras y zapatos. Los tiraba sin mirar sobre la cama. Al terminar y darse vuelta se sorprendió de la cantidad de colores, formas y materiales que veía. Revisó toda la casa en busca de bolsas pero solo encontró un par de las de supermercado en un cajón de la cocina. Llamó al portero y le dijo que necesitaba que le de una mano, que se venga con un par de bolsas de consorcio. Se agachó al piso para ver debajo de la cama. Un pequeño bulto estaba junto a la pata que le quedaba más lejos. Se arrastró y cuando llegó comprobó que era una media suya. El timbre sonó. Antes de que el portero tuviera tiempo de hacer nada le hizo un gesto pidiéndolo que lo siguiera. Él echaba la ropa mientras el portero sostenía las bolsas abiertas con sus manos. ¿Cómo está la señora? ¿Todo esto es para tirar? ¿Está seguro? Mire que lo podría llevar a la iglesia de la esquina. Y no dijo más nada cuando se dio cuenta que él no haría más que seguir tirando la ropa adentro de las bolsas. Lo ayudo a llevarlas hasta el pasillo y al cerrar la puerta cortó por la mitad el último intento del portero de obtener una respuesta. Fue a la cocina. Descubrió que en ese espacio había tanto metal que era imposible que alguna historia estuviera agarrada de algún lado. Descubrió en una esquina una botella de vino, tumbada, llena de polvo. Agarró una copa y volvió a la sala. Se sentó. Cómo a través de una bruma vio la luz roja titilante del teléfono. No hacía falta escucharlo. Podía decir sin temor a equivocarse quienes llamaron, en que orden, cuantas veces y que dijeron. Se dejó caer lentamente de costado y al subir los pies tiró la botella apoyada en el piso. La mancha bordó se hizo una con el plástico deforme que todavía humeaba. Creyó dormirse pero en realidad estaba en el medio del espacio negro que había nacido en su cabeza. Tenía la boca abierta y una gota espesa se le asomó en la nariz. El teléfono empezó a sonar otra vez. Abrió los ojos y vio las manchas oscuras en el medio del techo. Sintió una tonelada de tierra cayéndole encima. Abrazó un almohadón del sillón. Sabía con certeza que si el odio se estaba instalando todavía faltaba mucho para el olvido. Se dio media vuelta y, ahora sí, se quedó dormido.
guau
Junio 28, 2009 por EL PERROLa primera razón porque la que existe este blog es para dejar de castigar a mis amigos con tanto mail. La historia comienza (o por lo menos este capítulo) a principios de este año, donde finalmente empiezo a ir a un taller literario. Ahí fue donde me convencieron de que uno escribe para los otros. Si no, no es literatura, dicen. Eso no quiere decir que lo que publique acá lo sea. A lo sumo tendré que pedir disculpas por el intento. Así que si en algún momento tienen ganas de leer algo, iré subiendo lo que vaya escribiendo.
El nombre del blog se debe a http://es.wikipedia.org/wiki/Cínico Aunque debo reconocer que el artículo en su conjunto no me convence del todo, pero sirve como aproximación. La posta me parece la tiene Michel Onfray, cuyo libro sobre el tema lo pueden ver entero (oh, internet) acá http://www.esnips.com/doc/069eed81-df98-492c-af80-9fcdb45c8729